Día de Mudanza

Hoy es el día de una mudanza más. El sol ardía en el cielo como si quisiera derretir las tejas de la casa. El aire estaba cargado de nostalgia y polvo. Las cajas se apilaban en la sala, esperando ser llenadas con los recuerdos de toda una vida.

Mis manos, ahora más fuertes que cuando me mudé por primera vez, tiemblan un poco al envolver los platos y la cristalería. Lentamente voy tomando las cosas del librero, un dejavu me hace detener, ya perdí la cuenta de todas las veces que me he mudado, cada objeto que toco parece susurrar historias de antaño, muchas cosas se han ido quedando entre casa y casa pero aún traigo conmigo esa moneda de plata que me regaló mi madre. Aprovecho este momento para pensar en la conversación del día que me la dió, la aprieto fuerte como para forzar la memoria, pero cada vez que trato de recordar, me es más difícil citar sus palabras.

Acostado sobre una de las cajas está el gato, me observaba, no duerme, se la pasa meditando y moviendo inquieto su cola, tal vez porque conoce el desenlace de esta historia, o tal vez, sintiendo el peso de la despedida de esta casa.

¿Que pensará?¿Por qué tenemos que irnos?

-¿Que piensas gatito? – le pregunté.

-Ya nos vamos de esta casa. Vamos a un lugar donde puedes jugar más- dije.

Por supuesto que no me contestó, pero me gusta creer que entendió porque cerró sus ojos, dejó de mover su cola y enseguida suspiró, como conformándose pero aun insatisfecho. Me acerqué para acariciarlo un poco y mientras tanto le decía:

—Las mudanzas son como los ciclos de la vida, gatito. A veces, es necesario dejar atrás lo conocido para encontrar algo nuevo. Es doloroso, pero también es liberador. Nos enseñan a soltar y a valorar lo realmente importante.

En este momento, recuerdo mi primera casa, un lugar lleno de recuerdos. Teníamos una tina que se sentía como alberca cuando uno era niño. Hicimos muchas travesuras, la que mi mamá más recuerda es que yo dejaba caer gotas de leche por la ventana porque me gustaba mirar que el viento las desviaba a las ventanas de los vecinos, ella se enteró cuando se juntaron los reclamos de ellos. La cocina, donde mamá preparaba sus famosas pizzas para todos los primos o los pasteles para celebrar los cumpleaños. La habitación de mi infancia, con sus paredes llenas de mis dibujos y sueños.

Pero también había sombras en esos rincones. Las discusiones, las pérdidas, los momentos de soledad. La casa guardaba secretos que solo ella conocía. Y en esa mudanza, esos secretos se desvanecían en las cajas de cartón.

Y así se han ido quedando muchas cosas en el camino, son pocas las cosas materiales que han sobrevivido, aprendí a desprenderme de lo que ya no funciona y conservar lo realmente importante.

El camión de mudanzas llegó puntual. Los hombres cargaron las cajas con destreza, como si supieran que llevaban más que objetos materiales. Me despido de cada rincón con un adiós silencioso. La vida es como un río que fluye. No podemos quedarnos siempre en la misma orilla.

Y así, otra vez dejamos una casa, dejamos atrás la casa que nos fortaleció. El camión se alejó y se perdió al girar en la avenida, no alcanzaron a llevarse pedazos de nuestra historia. Pero eso nos dejaba espacio para escribir nuevos capítulos.

En la nueva casa, las cajas se abrieron como cofres de tesoros. Los objetos encontraron su lugar en las estanterías y las paredes. Anita colocó nuestra foto en el bife. Sus ojos brillaban con gratitud.

Aquí empezaremos de nuevo gatito — dijimos.

Preparamos un café, nos sentamos sobre las cajas mirando por la ventana hacia el horizonte. El sol se ocultaba tras las montañas, pintando el cielo de tonos dorados. La última mudanza había sido nostálgica, pero también llena de promesas.

Y así, con el corazón lleno de esperanza, cerré los ojos y me dejé llevar por el susurro del viento, sabiendo que en cada cambio, en cada despedida, hay un nuevo comienzo.

Hermoso atardecer